El desastre de la privacidad… y su tendencia a empeorar

Por Enrique Dans, profesor de Innovación en IE Business School

Un intercambio de tweets entre la aerolínea low cost norteamericana Jet Blue y una pasajera, MacKenzie Fegan, a cuenta del nuevo sistema de acceso sin tarjeta de embarque a sus vuelos mediante biometría, revela el desastre y la distopía en la que se está convirtiendo la gestión de la privacidad en cada vez más países del mundo.

La aerolínea desarrolló el sistema en conexión con la base de datos del US Customs and Border Protection en lo que ya de por sí supone una peligrosa mezcla entre los datos que custodia el Gobierno y el uso que de ellos hace una compañía privada. Además, aunque supuestamente ofrece la posibilidad de hacer opt-out del mismo, esa posibilidad no es real, porque todos los pasajeros están obligados a pasar por el escáner facial quieran o no, y su fotografía es comparada con dicha base de datos.

Lo que la compañía hace, simplemente, es vender el sistema como algo que supuestamente aporta comodidad al pasajero, pero que, en realidad, es un sistema que tiene más que ver con la seguridad nacional. Si alguna vez al viajar a los Estados Unidos te planteaste qué diablos hacían en el control de pasaportes con tus fotografías, ahora ya lo sabes.

El sistema, que recuerda profundamente a la tan criticada China, se espera que sea extendido al 97% de los pasajeros que abandonan el país en 2023 y es una demostración clara de que las tesis de Tim Cook, CEO de Apple, son correctas: la tecnología tiene que ser necesariamente regulada y puesta bajo control para proteger los derechos de los ciudadanos, ante empresas y Estados cada vez más invasivos, y quien está marcando la pauta de forma más vanguardista en ese sentido no son los Estados Unidos, sino Europa.

Resulta perfectamente lícito utilizar la biometría como una forma de ofrecer conveniencia a un usuario, proporcionándola como un servicio opcional que el usuario puede elegir si así lo desea e informando adecuadamente sobre todos los posibles usos de los datos obtenidos. En algunos aeropuertos, como Dubai, existen sistemas de fast track opcionales que permiten pasar por los filtros de seguridad e inmigración más rápido, y por los que suelen optar numerosos viajeros que frecuentan ese habitualmente concurrido aeropuerto. Pero una cosa es ofrecer conveniencia y asumir conscientemente, a cambio de la misma, un determinado nivel de monitorización, y otra completamente distinta es convertir el sistema en obligatorio y tratar de disfrazarlo como algo más cómodo, sin proporcionar información completa sobre sus posibles implicaciones.

El uso de tecnologías de reconocimiento facial no es en este momento objeto de ningún tipo de regulación en los Estados Unidos, aunque a principios del año se introdujo una propuesta de ley para intentar regularla en lugares públicos. En realidad, muchos Gobiernos de países supuestamente democráticos envidian secretamente el nivel de control que China ejerce sobre sus ciudadanos. Lo que hoy vemos en China, lo encontraremos pronto en muchos más países. Cuando los Gobiernos, alegando la amenaza terrorista, la pornografía infantil, la protección de los derechos de autor o cualquier otro supuesto jinete del Apocalipsis, recortan nuestras libertades y derechos fundamentales, debemos inmediatamente pensar en Benjamin Franklin, que con tan buen juicio aseveraba que “aquellos que renuncian a una libertad esencial para comprar un poco de seguridad momentánea, no merecen ni libertad ni seguridad”.